Pedagogía de la dimensión simbólica de la arquitectura cristiana

En nuestro tiempo, observo que la mayoría de los visitantes de una catedral o de un monasterio se dejan llevar por una impresión puramente estética. A lo sumo, se informan –o les informa el guía- de las vicisitudes históricas, de cuando tal obispo o tal Rey, o tal orden religiosa, de si aquello es gótico y lo de más allá es plateresco o barroco. Entran en los monumentos cristianos como turistas del siglo XXI, sin apenas rozar su profundo significado, que va mucho más allá de un bello –a veces espectacular- decorado para las funciones litúrgicas. Y a quienes asisten a una ceremonia religiosa en uno de estos espacios prodigiosos, los excesos de la iluminación eléctrica, las voces metálicas de la megafonía, y otros artefactos anacrónicos, lejos de ayudarles a penetrar en el misterio, les ponen más difícil el esfuerzo de sintonizar con la dimensión simbólica-sobrenatural del edificio.


Actualmente, existe un desconocimiento generalizado acerca de la interpretación simbólica de los monumentos religiosos, que es esencial para poder entenderlos, para captar íntegramente su razón de ser y su función en el contexto histórico, social y cultural en el que fueron concebidos y construidos, y así poder gozar también más intensamente de su belleza. A los visitantes de una iglesia monumental se los suele aturdir con fechas, nombres y conceptos, que sólo les pueden servir para certificar la importancia del monumento, pero que no aportan una información significativa para entender el edificio. De hecho, sin una información adecuada y una actitud participativa, visitar una iglesia monumental es como ver una película china en versión original sin subtítulos: nos pueden cautivar la fotografía, la ambientación, el vestuario, incluso la expresividad de los actores, pero no nos habremos enterado de qué va la película.

Las posibilidades educativas de este patrimonio son inmensas, tanto en el campo de la Historia del Arte, como para despertar nuestra capacidad de abrir la mente y trascender. No es necesario ser cristiano, ni tan siquiera creyente de alguna religión, para disfrutar intensamente de este patrimonio. Cualquiera lo puede hacer, si quiere y pone un poco de su parte. Por eso mismo, con un poco de sensibilidad, podríamos conseguir que los intereses educativos y turísticos pudieran ir de la mano con la dimensión espiritual.

Al acercarse a una iglesia monumental, cabe abrir bien los ojos, observar, activar la imaginación y dejarse llevar. Conocer las claves simbólicas elementales de la arquitectura cristiana es como haber leído las reglas del juego, pero luego hay que ponerlas en práctica, usarlas, para que esa información previa cobre vida ante nuestros ojos. El “juego” empieza en el mismo momento que vislumbramos la iglesia a cierta distancia, cuando vemos -por ejemplo- como se recorta el campanario en el perfil de la ciudad. Esa torre que apunta hacia el cielo no es sólo una edificación que sirve para elevar y potenciar el sonido de las campanas; hay que verla como una señal en nuestro camino, que está ahí para contagiarnos el anhelo de elevar nuestros espíritus e ir al encuentro de la Divinidad, que los antiguos localizaban en las alturas. En una ciudad medieval, en un centro histórico bien conservado, es más fácil implicarnos en un itinerario simbólico, pero cuando la iglesia monumental que vamos a visitar ha perdido el entorno original, hay que forzar un poco más nuestra imaginación -con la ayuda de datos históricos- para emprender un viaje virtual en el tiempo y verla y percibirla tal como la veían las gentes que la vieron construir.

Una vez nos encontremos frente a la iglesia, habrá que descifrar los mensajes esculpidos en la fachada para ayudarnos a entrar de forma adecuada en el espacio sagrado. Normalmente, los templos se edificaban sobre un zócalo, para que la gente pudiera captar de un golpe de vista que el mundo de los dioses estaba por encima del mundo de los mortales. Para un cristiano, la escalinata que salva el nivel de la calle hasta la puerta de la iglesia simboliza el progreso espiritual, el camino ascendente que debemos hacer para purificar el alma y transcender. Así pues, mientras subimos esos peldaños –aunque sean pocos- debemos hacer el ejercicio mental de esforzarnos por dejar abajo nuestras preocupaciones y quehaceres cotidianos, olvidarnos por unos instantes de todos los pensamientos que nos estorban, y hacernos lo más “transparentes” que podamos para sintonizar con la dimensión espiritual que van a recrear para nosotros la arquitectura y el arte del templo al que vamos a acceder. Si tuviéramos que subir una escalinata como la de la fotografía que acompaña este artículo –que sube hasta la iglesia de San Martín Sacosta de Gerona- el esfuerzo físico nos ayudaría a visualizar el esfuerzo que debe acometer el espíritu para transcender.

Este artículo fue publicado en la Revista Aldebarán (nº 17, abril 2012, pág. 4-5).

Foto: Girona (18 abril 2007)