Peros a la evocación del patriarcado griego en el Parlamento europeo

La semana pasada, mi clase dedicada a Delfos y a los santuarios panhelénicos coincidió con la polémica generada por un discurso lamentable, indigno de ser pronunciado en el pleno del Parlamento europeo por alguien que ha sido elegido para velar por los derechos de los ciudadanos, no para denigrarlos. Tal eurodiputado defendió que las mujeres puedan percibir retribuciones inferiores a las que corresponden a los hombres, echando mano de tópicos ridículos, como el del ‘sexo débil’, que pusieron en evidencia su ignorancia y la carencia absoluta de una capacidad crítica, indispensable para poder interpretar y entender culturas y sociedades del pasado. Su escaso conocimiento de la civilización griega, origen de nuestra civilización, le llevo a agregar a su colección de supuestos argumentos la ausencia de mujeres en los juegos olímpicos de la Antigüedad.

Las competiciones deportivas griegas surgieron y se desarrollaron en un contexto religioso, expresión y, a la vez, justificación de una sociedad patriarcal que inculcaba a los jóvenes un modelo de ciudadano nutrido por el arquetipo del héroe. A través de los mitos y de la literatura, los Heracles, Aquiles y Ulises poblaban el imaginario de los futuros ciudadanos e inspiraban a los escultores que, en complicidad con los ideólogos, compitieron por plasmar en mármol el cuerpo ideal del héroe, o sea el cuerpo de atleta al que deberían aspirar los jóvenes griegos. Ese modelo de ciudadano ideal comprendía al guerrero, a punto y en forma para defender a su polis, y al navegante, que se enfrentaba a los peligros del mar para comerciar y acaso fundar colonias en costas lejanas.

Mientras el modelo de la mujer ideal, como en cualquier otra sociedad patriarcal, se caracterizó por la sumisión absoluta al padre o al esposo -o al hermano o al hijo, en ausencia de los otros-, y por la entrega sin discusión a las tareas que le eran encomendadas. Así encontramos, por ejemplo, a Penélope, esposa virtuosa a quien las convenciones sociales dejan un margen de maniobra harto estrecho para seguir esperando el regreso de Ulises y no sucumbir a las presiones de los pretendientes. Aquellas gentes también imaginaron a mujeres guerreras, las amazonas, pero para representar una sociedad salvaje y absurda, opuesta a lo que los ilustrados llamaron ‘civilización’.

El eurodiputado de nuestro tiempo parece, pues, echar de menos aquella sociedad patriarcal que, en lo esencial, se perpetuó hasta bien entrado el siglo XX. De haber vivido en la época de sus abuelos, sin duda alguna se habría opuesto con firmeza a las reivindicaciones de las sufragistas. Sin embargo, al evocar a nuestros antepasados y antecesores, los antiguos griegos, olvida que los creadores de sus mitos encarnaron la sabiduría, la inteligencia y, también, las virtudes del guerrero en una divinidad femenina, Atenea, aunque la hicieran nacer de la cabeza del patriarca del Olimpo, Zeus.

En mi clase, al proyectar imágenes del friso norte del Tesoro de Sifnos en Delfos, aproveché la fotografía que acompaña este texto para añadir otro pero al señor eurodiputado. Este friso representa la Gigantomaquia, la guerra entre los dioses olímpicos y los gigantes engendrados por Gea, que podría simbolizar la lucha entre el orden y el caos. En este detalle vemos a una diosa, Hera, clavando su lanza en el cuerpo del gigante al que acaba de derrotar, sin necesidad de protegerse con el escudo y el casco que sí llevan sus colegas de sexo masculino. Ante una imagen tan elocuente, no parece que los griegos etiquetaran a las mujeres como débiles, sino todo lo contrario. ¿No será que nuestros antepasados inventaron el patriarcado para amordazar a media Humanidad y facilitar la implantación de un orden jerárquico?